|
El reciente caso
de una joven exorcizada por Juan Pablo II en el Vaticano ha vuelto a suscitar
el interés público por la posesión diabólica. Además, al estreno de la
película Poseídos hay que sumar un nuevo montaje del clásico film El Exorcista,
basado en un suceso real que vamos a detallarles. La Iglesia, siempre
reacia a hablar del diablo, se ve desbordada por los casos de presuntos
endemoniados que, en la actualidad, acuden hoy a ella en busca de ayuda.
Mientras, sus exorcistas advierten que las prácticas espiritistas, la
ouija, los ritos satánicos y los maleficios abren la puerta a este estremecedor
fenómeno.
| William Peter
Blatty, autor de El Exorcista, era un joven estudiante de literatura
en la universidad jesuita de Georgetown (estado de Washington, EE
UU) cuando, en agosto de 1949, leyó una noticia en el diario The Washington
Post: "Un sacerdote libra a un joven de Mount Rainier de las garras
del demonio". Veinticinco años después, tras investigar los hechos
y cambiar – a petición del padre Bowdern, sacerdote que practicó aquel
exorcismo – la identidad del protagonista, por la de una niña, escribió
una novela de la que se vendieron trece millones de ejemplares. |
William Peter Blatty
|
Dos años más tarde la convirtió
en el guión de la mítica película del mismo nombre. Según Blatty, Bowdern,
obligado por el juramento de secreto a no hablar del exorcismo, le dijo
únicamente: "Puedo asegurar que el caso en que me vi implicado era auténtico".
El arzobispado local ha
eludido en diversas ocasiones la entrega de los documentos oficiales respecto
a este caso, "por razones serias y validas" según sus propias palabras,
pero nunca ha negado su existencia. Hoy, sin embargo, conocemos todos los
detalles gracias a Tomas B. Allen quien, cuarenta años después, consiguió
que el padre Halloran – uno de los nueve jesuitas que asistieron a Bowdern
– le facilitara un diario del exorcismo. Este escrito fue hallado en 1978,
durante las obras del hospital de los hermanos de los pobres de Saint Louis,
en una de cuyas habitaciones, clausurada hasta esa fecha, se produjo el
exorcismo último y definitivo. Se trata de veintiséis páginas mecanografiadas
en las que se recogen los testimonios de 48 personas que asistieron a la
víctima y contemplaron de cerca su endiablado estado.
El maligno se manifiesta
Todo empezó
con el ruido de un suave goteo en casa de los Mannheim – los nombres son
falsos –, en Mount Rainier (estado de Washington). Allí vivía Robbie, un
chico de 13 años, con su abuela materna, su madre y su padre. El persistente
sonido se inició un sábado por la noche. El niño y su abuela se hallaban
solos y realizaron una gira por las habitaciones buscando el origen del
ruido. Al entrar en el dormitorio de la anciana, vieron que en un cuadro
en el que se representaba a Jesús estaba torcido y se movía como si alguien
golpeara la pared tras él. El goteo cesó para dar paso al chirrido de unos
arañazos tras la pared, "como si una garra rascara la madera". Los arañazos
continuaron oyéndose durante once días. Comenzaban hacia las siete de la
tarde y paraban a media noche. Curiosamente, se detuvieron el día en que
murió Harriet, una tía espiritista de Robbie, que había enseñado al muchacho
a manejar el tablero ouija. A partir de aquel momento, Robbie pasaba horas
enteras jugando con la ouija, intentando entrar en contacto con su querida
tía difunta. Fuera ésta o no la causa de la posesión, el hecho es que los
fenómenos paranormales comenzaron a producirse a su alrededor sin interrupción.
Al irse a dormir oía pasos junto a su cama y, durante el día, objetos y
muebles pesados se deslizaban por el aire o se volcaban solos. Sus parientes
podían ver girar vertiginosamente las sillas en que Robbie se sentaba. Él
insistía en que no era culpa suya. Pero la fenomenología crecía y llegó
a un punto de paroxismo la noche en que, para ahuyentar el miedo del chico,
su abuela y su madre se acostaron con él. De pronto el colchón levitó y
colcha y sábanas – completamente estiradas – se elevaron ante sus ojos como
si algo invisible tirara de las esquinas.
 |
|
La familia
consultó a médicos, psiquiatras y psicólogos, que declararon normal
a Robbie. También a médiums que diagnosticaron una crisis de adolescente
que pasaría a su tiempo. Pero Robbie ya no podía siquiera ir al colegio:
su pupitre daba saltos y golpeaba los de los demás niños. Había comenzado
a volverse hosco y reservado. Además, durante las noches tenía pesadillas
en las que parecía hablar con alguien. Sus padres se dirigieron a
un sacerdote luterano llamado Schulze quien, creyendo estar ante un
poltergeist, rezó por el muchacho. Pero, tras pasar una noche con
él y ser testigo directo de la aterradora fenomenología que rodeaba
a Robbie y, sobre todo, al aparecer el 26 de enero sobre el pecho
del niño unos arañazos en forma de letra, "como si alguien los hubiera
trazado desde dentro con un cuchillo", Schulze comenzó a pensar que
un poder maligno había invadido al muchacho. |
|
Escena de la película El Exorcista
|
|
Es sabido que la posesión
demoníaca se manifiesta, progresivamente, de tres formas: infestación
(el demonio actúa sobre la materia circundante y produce fenómenos telequinéticos
de toda índole); obsesión (atormenta a la víctima sin hacerla perder el
conocimiento pero de modo evidente); y posesión (invade el cuerpo de la
persona y lo trata como propiedad suya). Para Schulze, Robbie estaba a
punto de pasar a la tercera fase,
así que recomendó a la familia consultar a un sacerdote católico: "Ellos
entienden de estas cosas". Y es que, mientras las iglesias luteranas no
conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, la
católica tiene una larga tradición de exorcismos que se remonta a los
realizados por Jesús. Además, desde los comienzos de la Cristiandad, cuentan
para practicarlos con un ritual que se formalizó en 1614 bajo el nombre
de Rituale Romanum.
fue así como los Mannheim
se pusieron en contacto con el padre Hughes, párroco de la iglesia católica
más cercana. Al principio éste se limitó a darles agua bendita y unos
cirios consagrados, remedios infalibles contra el demonio. Pero la botella
con agua bendita explotó al entrar en el dormitorio de Robbie y las velas,
al ser prendidas, lanzaron tales llamas que casi incendiaron la casa.
Entonces Hughes decidió visitar al chico. Al parecer, Robbie estaba en
la cama, en estado de trance, y le recibió diciéndole en latín: "Oh, sacerdote
de Cristo, sabes que soy un demonio. ¿Por qué me molestas?".
| Precisamente,
según el Rituale Romanum, la capacidad de hablar o entender una lengua
extranjera desconocida anteriormente por la persona es una de las
características de la posesión, sobre todo si va unida a la exhibición
de una fuerza sobrehumana, el conocimiento de hechos ocultos o futuros
y una profunda aversión hacia lo sagrado que se manifiesta incluso
hacia las medallas, cruces o reliquias ocultas. Así que Hughes – tal
y como indica el ritual – solicitó permiso para practicar un exorcismo
al arzobispo de Washington, O’Boyle, quien, incomprensiblemente, se
lo concedió. |
 |
|
Otra de las escenas de la pelicula que ilustra
este caso
|
Y es que en el Rituale
se dice expresamente
que "el sacerdote designado para hacer un exorcismo, además de distinguirse
por su piedad, prudencia y vida íntegra, debe ser inmune a cualquier ansia
de engrandecimiento personal y no confiar en su poder sino en el divino,
así como de edad madura y reverenciado no sólo por su cargo sino por sus
cualidades morales". Características todas ellas que Hughes, a sus 29
años de edad, no había tenido tiempo de reunir. Tampoco siguió el joven
párroco otra instrucción del ritual, a saber: "Recurrir a un estudio profundo
del asunto (...) examinando los autores aprobados y los casos producidos".
Quizá por todo ello, aunque realizó una confesión general, ofreció misa
y oraciones especiales e incluso ayunó, el exorcismo resultó trágico.
A finales de febrero, Robbie fue ingresado en el Georgetown Hospital,
dirigido por jesuitas y atendido por monjas que guardaron el más absoluto
secreto. Fue atado con correas a una cama y permaneció tumbado con los
ojos cerrados, aparentemente tranquilo. Al entrar Hughes en la habitación,
tocado con birrete negro, estola púrpura al cuello y con un reluciente
aspersor de agua bendita, Robbie "despertó" y con voz perentoria le ordenó
quitarse la cruz que llevaba oculta. Asimismo se dice que empezó a proferir
juramentos en lengua semítica y aramea y en su pecho comenzaron a aparecer
nuevos arañazos.
Hughes se arrodilló junto a la cama con el ritual
en las manos, recitó la Letanía de los Santos en latín y luego el Padre
Nuestro con el que comienzan las oraciones propias del exorcismo, pero
al decir "Mas líbranos del mal", Robbie logró desasir una de sus manos
y aflojar una pieza del somier... La monja y el auxiliar presentes oyeron
de pronto un alarido de Hughes... Robbie había rajado el brazo izquierdo
del sacerdote desde el hombro hasta la muñeca. Alguien dijo que para cerrar
la herida fueron necesarios más de 100 puntos. El exorcismo no prosiguió.
Hughes sufrió una crisis nerviosa y abandonó Mount Rainier durante un
tiempo.
Jesuitas en acción
Las murmuraciones de
los vecinos, la desesperación o el hecho de que el cuerpo de Robbie empezara
a actuar como un tablero ouija formando palabras con arañazos, fueron
el detonante para que sus padres se trasladaran a St. Louis, donde tenían
parientes. Allí, la familia pidió consejo al padre J. Bishop, profesor
de teología.
Bishop habló con sus superiores y parece que la
comunidad jesuita se hizo cargo del asunto. El 9 de marzo, éste visitó
por primera vez a los Mannheim. Les interrogó sobre lo sucedido y realizó
aspersiones con agua bendita por toda la casa. Especialmente en el dormitorio
de Robbie, donde además practicó un exorcismo simple y colocó una reliquia
de Santa Margarita sobre la almohada. Todo fue inútil. La reliquia salió
disparada y rompió un espejo y el propio Bishop presenció el frenético
movimiento de la cama de Robbie y los arañazos que aparecieron en su cuerpo.
Al día siguiente habló con el padre William S. Bowdern, jesuita de 52
años, responsable de la iglesia de San Javier y considerado como un hombre
santo por quienes le conocían. Por indicación del arzobispo Ritter, habría
de ser Bowdern quien llevara a cabo el exorcismo.
El 10 de marzo por la noche, Bishop y Bowdern hablaron con Robbie y rezaron
el rosario con él. El niño parecía tranquilo, pero en cuanto le dejaron
solo en su habitación volvió a gritar pidiendo ayuda. Poco después mostraba
dos arañazos en forma de cruz en sus antebrazos, algo que no dejó de extrañar
a los jesuitas que en secreto habían llevado una reliquia del antebrazo
de san Javier. Los sacerdotes calmaron a Robbie y le bendijeron. Pero,
en cuanto le abandonaron, Robbie sufrió una gran crisis durante la cual
una librería de 25 kilos se movió sola colocándose ante la puerta de su
dormitorio. Su madre logró introducirse por una rendija en la habitación
a tiempo para ver cómo el crucifijo y las reliquias que los sacerdotes
le habían puesto se deslizaban solos por su cuerpo hasta quedar a los
pies de la cama. Los muebles habían cambiado de sitio por sí mismos, el
niño se retorcía de dolor debido a los arañazos y las sacudidas del colchón
eran frenéticas.
Tras haber ayunado, celebrado misa y hecho su confesión general, el 16
de marzo por la noche, Bowdern inició el exorcismo que habría de prolongarse
en sucesivas sesiones hasta el 18 de abril. Comenzó pidiendo al niño que
hiciera un examen de conciencia. Luego fue en busca de toda la familia
y de los otros sacerdotes: Bishop, que habría de escribir el diario, y
Halloran, de 26 años, cuya fuerza era necesaria para sujetar al poseso.
Tras rociar con agua bendita la cama, que no dejaba de moverse, comenzó
a leer las letanías del ritual. Cuando dijo: "Yo te ordeno, espíritu impuro,
seas quien seas, junto con todos tus asociados que han tomado posesión
de este siervo de Dios, que, por los misterios de la Encarnación, Pasión,
Resurrección y Ascensión de nuestro Señor me digas mediante alguna señal
tu nombre, el día y la hora de tu partida...", ronchones rojos y arañazos
cruzaron la garganta, los muslos, el estómago, la espalda y el rostro
de Robbie. En su pecho apareció la palabra hell (infierno), y había sangre
suficiente para ser secada con un pañuelo. Sobre el escaso vello púbico
del niño también se dibujó la letra X y la palabra go (ir). Bowdern interpretó
que el demonio se iría en diez días a través de la orina o los excrementos.
En lo primero se equivocó. En lo segundo no. Pues, en cada sesión de exorcismo,
salían de Robbie grandes cantidades de orina maloliente.
A partir de
ese día, la lucha contra el mal fue ganando la batalla. Durante otra
sesión, al preguntar al demonio su nombre, se dibujó con arañazos
sobre el pecho de Robbie la palabra spite (rencor). No obstante, durante
el día Robbie era un muchacho normal, algo característico de los posesos.
Sólo durante los períodos de crisis, que a veces duraban horas y que,
salvo en raras ocasiones, se presentaron siempre de noche, parecía
ser otra persona. Chillaba, ladraba, reía diabólicamente, insultaba
y maldecía al oír las plegarias o el nombre de Jesús. Y, al ir avanzando
el exorcismo, comenzó a hablar con una voz profunda, ronca, y a volverse
más violento. Gritaba obscenidades a los sacerdotes, les acusaba de
terribles actos sexuales y les escupía. Su delgado cuerpo se arqueaba
tanto que podía tocarse la cabeza con los dedos de los pies. Cantaba
melodías que desconocía. Agitaba los brazos desesperadamente y, en
cuanto se veía libre de ataduras, soltaba violentos puñetazos.
La última señal
Robbie era luterano y el padre Bowdern decidió
bautizarle para acogerle en el seno de la Iglesia Católica. Además,
el bautismo es otra forma de exorcizar. Sin embargo, tras recibir
este sacramento, se tornó más agresivo. La voz del demonio salía
con más frecuencia durante las crisis, hablaba con más autoridad,
y profería más obscenidades. Su rostro adquiría expresiones diabólicas
y sus uñas, extraordinariamente largas, arañaban su
pecho.
Conforme avanzaba
la batalla, a los períodos de crisis se sucedían estados de calma
en los que el chico proyectaba un aura siniestra que los exorcistas
llaman "el roce de Satanás". En cierta ocasión estuvo cuatro días
muy tranquilo, pero era sólo otra treta del maligno que, "a veces,
deja al cuerpo libre de molestias para hacer creer que ha sido expulsado",
señala el Rituale.
Finalmente, tras pasar por un verdadero calvario,
durante el cual estuvo alojado en la rectoría de la Iglesia de San
Javier, Robbie regresó en tren a Maryland y volvió de nuevo a Saint
Louis. El niño fue ingresado a principios de abril en el hospital
de los hermanos de los pobres.
|
|
 |
|
 |
|
 |
|
Linda Blair en su papel de poseída
|
 |
|
El día 18 de
ese mes, el padre Bowdern, consumido por el prolongado ayuno y la
vigilia, se enfrentó a la que sería la última batalla. Robbie había
comulgado ese día y los hermanos de los pobres habían puesto en su
habitación una estatua del arcángel San Miguel venciendo al dragón.
Con el último amén del exorcismo la habitación pareció invadida de
una calma absoluta y Robbie habló con una nueva voz, clara, autoritaria,
rica y profunda: "Satanás, Satanás, soy san Miguel y te ordeno a ti
y a los otros espíritus malignos que abandonéis el cuerpo en nombre
de Dominus, inmediatamente, ¡ahora, ahora, ahora!". Entonces, durante
7 u 8 minutos, Robbie se |
|
Escena que ilustra el exorcismo
|
|
debatió entre
violentísimas contorsiones. Luego, dijo con calma: "Se ha ido". Miró a
los sacerdotes y aseguró sentirse bien. Todos se felicitaron. Todos menos
Bowdern, que ya no se fiaba del maligno y esperaba una señal característica
del final exitoso del exorcismo. Robbie contó que había visto en sueños
como el arcángel se había encarado con el diablo haciéndole retroceder
hacia una cueva cerrada con barrotes en cuya entrada estaba la palabra
spite. Cuando los demonios desaparecieron, notó como si algo tirara de
su estómago. Luego se sintió relajado y feliz como no lo había estado
desde el 15 de enero. A la mañana siguiente comulgó en la capilla del
hospital. Por la tarde durmió una larga siesta. Cuando despertó parecía
no recordar nada de su penosa experiencia. "¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?",
preguntó. En esos momentos, una explosión resonó en todo el hospital.
Era la señal que Bowdern esperaba. Cuando Robbie salió del hospital, su
habitación fue clausurada con llave. En el cajón de la mesilla permaneció
el diario de Bishop hasta ser hallado en 1978.
Poco después
de finalizar el exorcismo, durante una misa celebrada por Bowdern en la
iglesia de San Francisco Javier, el ábside se iluminó y ante los asombrados
jesuitas allí reunidos brilló por un instante la imagen de san Miguel,
con una espada llameante en la mano.
La casa donde se iniciaron
los hechos fue quemada durante un ejercicio de bomberos. Hoy tan sólo
queda el solar, pero nadie quiere comprarlo.
A pesar de las amenazas
de muerte prematura que el demonio hizo a los exorcistas, el padre Bowdern
murió en 1983 con 86 años y Bishop en 1978 con 72. En cuanto a Robbie,
su vida transcurrió con normalidad. Se casó y tuvo dos hijos.
No tuvieron tanta suerte
algunas de las personas implicadas en el rodaje del film, William Friedkin,
el director, recibió numerosas amenazas por parte de grupos satanistas.
Cuatro miembros del equipo murieron en misteriosas circunstancias. La
desaparición de objetos – incluidas varias cintas con escenas ya filmadas
– era frecuente. En fin, tal cúmulo de desgracias que ha llevado a algunos
a sugerir que sobre la película pesa una maldición.
Parapsicología, psiquiatría y posesión
Algunos psiquiatras creen que los "endemoniados"
son víctimas de esquizofrenia o personalidad múltiple, ocasionada por
abusos sexuales sufridos en la infancia. Otros sugieren que se debe al
síndrome de Gilles la Tourette, cuyos afectados maldicen, gruñen y se
retuercen de manera incontrolada; aunque este mal es incurable y la posesión,
sin embargo, se cura. Por su parte, la doctora Judith L. Rapoport lo achaca
al desorden obsesivo compulsivo (OCD).
El padre Martínez Sierra,
teólogo y profesor de la Universidad de Comillas (Madrid) ha declarado
que "antes de determinar si alguien está poseído o no, hay que desterrar
absolutamente una posible enfermedad mental o la existencia de fenómenos
parapsicológicos. Por eso, antes de aprobar un exorcismo se exigen informes
de psiquiatras y parapsicólogos. Tan sólo si la persona presenta varias
de las características señaladas por el ritual (aversión exagerada a lo
sagrado, conocimiento de cosas ocultas o de lenguas ignoradas, y fuerza
sobrehumana) puede tratarse el caso como una posesión. En cualquier caso,
al demonio no le es preciso llegar a ésta para dificultar el reinado de
Dios".
|
|
Por su parte, el padre
Fortea, párroco de la diócesis de Alcalá de Henares (Madrid), esta de
acuerdo en que sacerdotes y psiquiatras han de trabajar conjuntamente
en casos de supuestos posesos. Aunque, tal y como explica en su tesina,
El exorcismo actual, varias razones distinguen claramente al poseso del
enfermo mental. "Los posesos son personas absolutamente normales cuando
salen de los períodos de crisis, no padecen delirios ni alucinaciones,
cosa que no ocurre a los esquizofrénicos. Tampoco puede tratarse de epilépticos,
pues los espasmos y agitación que sufren duran más de los 15 minutos que
se prolongan estos ataques. |
Además, durante la posesión, las convulsiones y crisis de violencia van
en aumento, en lugar de disminuir, como ocurre con los enfermos mentales,
y simultáneamente a ellas aparece una nueva identidad que razona y contesta
coherentemente. En todo caso, no deja de ser curioso que este extraño
síndrome demonopático de disociación de la personalidad, con el que numerosas
personas acuden a las consultas de los psiquiatras desaparezca para siempre
con una oración litúrgica, cuando desde un punto de vista psiquiátrico,
con el exorcismo se debería reforzar la sugestión del enfermo. Por supuesto
que algunas personas pueden fingir que estan poseídas, pero para desenmascararlos
basta decir el fragmento de un discurso de Cicerón en latín; si se agitan
frenéticamente, entonces el sacerdote puede enviarlos con tranquilidad
al psiquiatra. Es absurdo también – nos explica Fortea – sostener, como
hacen algunos, que los posesos liberados por Jesús padecían en realidad
enfermedades diversas. "Nunca se utiliza en los Evangelios la palabra
posesión como sinónimo de enfermedad. Y además, si Jesús no creía en la
posesión, ¿por qué no nos confirmó que estábamos en un error? Por el contrario,
en Lucas 13,32 Jesús mismo se atribuye el poder de expulsar demonios y
lo distingue de la virtud de curar enfermos. En realidad Jesús es el Gran
Exorcista, y la Era Mesiánica se distingue por que al fin los demonios
pueden ser expulsados del Reino de Dios". Ayudante del padre Amorth en
Roma, Fortea, para quien "el demonio no tiene cuerpo, tan sólo se manifiesta
a través del cuerpo invadido", tuvo la oportunidad de asistir a varios
exorcismos. "Lo que ocurre en una posesión es algo más moderado y sorprendente
a la vez que lo relatado en la película El Exorcista. No es usual que
en un mismo caso se reúna toda la fenomenología que se produjo durante
el caso en que se basó el film; normalmente el poseso se limita a blasfemar
ante lo sagrado, caer en trance y poner los ojos en blanco, además de
agitar los brazos mientras se le dicen las oraciones. Pero puedo asegurar
que algo maligno emana de la persona".
Opinión
de la Iglesia
El hecho de que Juan
Pablo II tuviera que hacer frente, en septiembre de 2000, a una joven
endemoniada, ha puesto de actualidad el fenómeno de la posesión diabólica.
La Iglesia admite la existencia del diablo y, aunque no es un dogma de
fe, también acepta que el maligno tiene poder para poseer a una persona.
Así, en el Nuevo Catecismo se lee: "El exorcismo esta dirigido a la expulsión
de los demonios o a la liberación de una posesión demoniaca a través de
la autoridad espiritual que Cristo confió a su Iglesia". En Italia, la
cifra de supuestos posesos debe ser muy elevada, pues la Conferencia Episcopal
de este país ha pedido a los párrocos más rigor selectivo a la hora de
reclamar exorcismos.
Asimismo, ha decidido imprimir cuanto antes en
versión italiana el Rituale Romanum, revisado en 1998 par la Congregación
del Culto Divino. En él hay algunas oraciones para rezar en solitario contra
el maligno. Por su parte, el padre Gabriele Amorth, con más de 50.000 exorcismos
a sus espaldas, ha declarado que "el mundo esta lleno de demonios dispuestos
a adueñarse de personas, animales y cosas. Y existen varias vías: el ocultismo,
los cultos satánicos y los maleficios". De la misma opinión es el padre
Suñer, exorcista durante cuatro años de la diócesis de Barcelona: "Cualquier
práctica esotérica puede permitir que el demonio entre en una persona si
ésta invoca a Satanás".
Rituale Romanum
Entre las reglas a seguir por el exorcista
que se indican en el Rituale Romanum de la Iglesia Católica para expulsar
al diablo estan:
Colocar un crucifijo ante la vista del poseso
o en sus propias manos. Ponerle reliquias y medallas. Pero no acercarle
demasiado la Santa Hostia pues puede maltratarla.
No dialogar nunca con el demonio y ordenarle que se limite a contestar
a las preguntas que se le dirijan. No creerle si simula ser un ángel o
un difunto.
No dar crédito a lo que vea u oiga que hace o dice el poseso.
Preguntar a la víctima el nombre y número de entes malignos que lo poseen.
Preguntar en que época y por qué o cómo se produjo la posesión, así como
el día y hora en que abandonara al poseso.
Exorcizar con autoridad enérgica, insistiendo
en las palabras que más hacen sufrir al poseso.
Hacer la señal de la cruz en las zonas del cuerpo donde el poseso
acuse alteración.
Rociar con agua bendita el cuerpo del poseso.
Repetir las frases y palabras que más atormenten al demonio.
Deben estar presentes los familiares para que vean cómo reacciona
el poseso y le sujeten firmemente. Deben rezar durante la ceremonia
y ser rociados por el exorcista con agua bendita.
No hay que dar pábulo a las trampas y engaños que usan los demonios
para hacer creer que han abandonado al poseso. En ocasiones incluso
les dejan comulgar o les muestran alguna visión beatífica. Hay que
recurrir siempre al ayuno y la oración pues, según dijo Jesús (Mateo
17,20), hay una especie de demonios que no puede ser expulsada más
que por la oración y el ayuno. |
|
 |
|
Rituale Romanum
|
|